Los actos antidemocráticos son la ‘herencia maldita’ de Bolsonaro – 05/11/2022 – Poder – .

Los actos antidemocráticos son la ‘herencia maldita’ de Bolsonaro – 05/11/2022 – Poder – .
Los actos antidemocráticos son la ‘herencia maldita’ de Bolsonaro – 05/11/2022 – Poder – .

Cuando deje la presidencia, Jair Bolsonaro (PL) dejará como legado maldito las movilizaciones de personas que pedían un golpe de Estado, un tipo de iniciativa que, en las últimas décadas, no existía en Brasil con la fuerza y ​​la coordinación vistas desde el final de las elecciones. .

Lidiar con esta noticia no será fácil. Tomará tiempo, porque una cultura democrática no se construye de la noche a la mañana; requerirá esfuerzo, porque Bolsonaro lleva años alentando a los radicales; Será necesario emprender acciones legales, porque la impunidad alienta actos de esta naturaleza.

Para la antropóloga Isabela Kalil, no hay sorpresa en el nuevo escenario, con el bloqueo de carreteras tras la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva (PT) y las protestas en las que grupos de distintos tamaños exigen intervención militar frente a cuarteles.

“Bolsonaro entrenó a sus votantes para esto. Realizó actos antidemocráticos en todo el gobierno. Viajó por todo el país haciendo ejercicios para movilizar la base”, dice Kalil, que realiza investigaciones sobre el bolsonarismo.

“Pudimos observar cómo esto se fragmentaba e interiorizaba, incluso el financiamiento de pequeños y medianos empresarios locales”, dice.

Profesor de la Fundação Escola de Sociologia e Política de São Paulo y co-coordinador del Observatório da Extrema Direita, Kalil sostiene que Bolsonaro ensayó estos actos con una multitud ya predispuesta a seguir a un líder extremista.

“Él construyó su carrera a partir de esta base radicalizada, porque sus discursos expresaban ideas antidemocráticas”, dice, citando como ejemplo la declaración en la que Bolsonaro defiende el tiroteo del entonces presidente Fernando Henrique Cardoso (PSDB).

Kalil dice que es difícil precisar el tamaño de este segmento extremista, pero dice que está entre el 5 % y el 15 % del electorado, o entre 7,5 millones y 23 millones de personas. Lo que quiere decir que es un grupo con mucha gente diferente.

Según el antropólogo, dada esa diversidad, no hay forma de enfrentar el radicalismo con una sola estrategia, y la tarea es aún más compleja porque hay un obstáculo de comunicación.

“Estas personas han recibido instrucciones de no obtener información a través de los canales tradicionales. Se han creado canales alternativos y solo confían en ellos”, dice.

Uno de los problemas de esta dinámica, según Kalil, es que los más extremistas pueden desligarse incluso del presidente -pero, para ella, eso no lo exime de responsabilidad-.

“Puede que no controle el radicalismo, pero pasó años incitando a sus seguidores”, dice el antropólogo. “Él, en cierto modo, autorizó esta conducta. Quitó el candado. Eliminó la vergüenza que existía en la derecha radical, en el campo antidemocrático”.

El politólogo Gabriel Ávila Casalecchi coincide con este diagnóstico. Para él, el ascenso de Bolsonaro sirvió de inspiración para los millones de conservadores, radicales o no, que siempre han existido en el país.

“No creo que los brasileños se despertaran de la noche a la mañana para ser más conservadores, más autoritarios o más reaccionarios. La cultura política no se mueve de esa manera. Es mucho más como un transatlántico”, dice.

Profesor de la Universidad Federal de São Carlos (UFSCar), dice que gran parte de la población brasileña es conservadora, sobre todo en cuestiones morales; dentro de este grupo están los que también son autoritarios; finalmente, están los que son conservadores, autoritarios y comprometidos.

Según Casalecchi, eso no ha cambiado. Pero ha habido cambios en otros dos factores que explican los movimientos antidemocráticos.

Una de ellas son las redes sociales, que no solo ponen a circular la información de otra manera, sino que permiten conectar a personas conservadoras, autoritarias y comprometidas, potenciando la movilización.

El otro factor es Bolsonaro, un político muy diferente a José Serra, Geraldo Alckmin y Aécio Neves, los tres candidatos del PSDB derrotados por el PT en las disputas de 2002, 2006, 2010 y 2014.

“Bolsonaro tiene un discurso mucho más radical, mucho más conservador”, dice Casalecchi. “Los conservadores lo miran y ven a alguien que defiende sus valores”.

“Muchos no son autoritarios, pero hacen la vista gorda al autoritarismo de Bolsonar, siempre que defienda valores conservadores. Y los conservadores autoritarios ven sus demandas canalizadas por una élite política que antes no existía. Ahora tienen un líder que los inspira”, dice el politólogo.

A la larga, el funcionamiento mismo de la democracia puede ser una respuesta para tratar con los no demócratas. “Es como si la gente aprendiera que la democracia es un conjunto de reglas que vale la pena seguir y defender”, dice.

En el corto plazo, según Casalecchi, el tema pasa por la capacidad de Lula de ganarse la confianza de los conservadores no radicalizados.

Además, tanto él como la antropóloga Isabela Kalil defienden la necesidad de sancionar a los implicados en posibles delitos, a fin de desalentar la repetición de la conducta.

En una sesión del TSE (Tribunal Superior Electoral), el presidente del tribunal, ministro Alexandre de Moraes, utilizó la palabra “delincuentes” para referirse a quienes participaron en actos antidemocráticos.

Para Rafael Mafei, profesor de la Facultad de Derecho de la USP, dependiendo de la forma de participación, la pena puede ir desde una simple multa hasta ocho años de prisión.

El caso más sencillo sería una infracción de tráfico, al bloquear ilegalmente las carreteras. En un nivel intermedio se encuentra la incitación a cometer delitos contra el Estado democrático de derecho. En el lado más grave, la participación de una organización criminal.

“Pero no todos en una manifestación necesariamente cometerán delitos”, dice Mafei. “No creo que haya ningún delito en el hecho de que alguien vaya a una plaza con una camisa amarilla y exprese su descontento con la elección de Lula”.

Autor del libro “Cómo quitar a un presidente” (Zahar, 2021), dice que es fundamental distinguir los comportamientos.

“Una medida que tratara a todos como criminales sería fácilmente criticada como excesiva, además de contraproducente, por dar fuerza a tesis como la ‘dictadura judicial’”, dice.

Señala que está bien que la ley prevea delitos que se cometen con palabras, como amenazas, incitación o racismo. Pero las intervenciones deben ser siempre puntuales.

“La cuestión clave es no extender demasiado el alcance de este tipo de delitos para no restringir demasiado lo que la gente puede decir, especialmente cuando sus convicciones políticas están en duda”, dice Mafei.

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